A lo largo de los años, he visto a mis hijos jugar despreocupados, inmersos en su mundo y desarrollando su imaginación con lo que encontrasen a mano. Durante la pandemia, su juego se intensificó y nuestra casa se llenó de construcciones realizadas con materiales reciclados, objetos diversos y juguetes. Comencé a ver su desorden como pequeñas instalaciones temporales, instalaciones que yo fotografiaba antes de ordenar.

Motivada por la curiosidad, empecé a hacer mis propias obras, jugando con herramientas y objetos cotidianos, mezclándolos con completa libertad.  Quería construir estos escenarios temporales para fotografiarlos, por lo que durante un año, estuve armando y desmontando estas escenas, todos los días, sin restricciones ni planificación.  Armar, fotografiar, desarmar, era la única regla impuesta. Y, con ello, me percaté de que el simple acto de jugar, es liberador. Me abstrae de la cotidianeidad, de sus problemas y preocupaciones. Y, a su vez, me abre a la posibilidad de pensar e imaginar libremente. Al darme el tiempo para experimentar y jugar, vuelvo por momentos a la niñez.